Réquiem para el proxeneta
Su lunar
devino en hueco
por una
trifulca entre rufianes.
Su cabeza
sonó como una aldaba
al golpear
las baldosas.
Sangraron
sus oídos,
y yació en
el pavimento gris
del
tranquilo barrio de Floresta.
Nadie
visitará su tumba;
y su cuerpo es un amasijo
de huesos y
pellejos,
bajo una
lápida
de madera
tosca.
Dejó una
libreta escrita
con letra
casi infantil.
Cien
teléfonos de putas.
Hoy mujeres
liberadas
del
martirio protector
del rey de
los cafishos
Ahora su
cráneo exhibe
un agujero
de nueve milímetros,
y su sexo
mustio
se pudre
con sus restos,
y un anillo
de falsa gema.
el barrio
respira hondo,
y allanan
su casa
los niños
curiosos.
Jorge.
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